La última columna del templo

Al igual que la última columna del templo de Artemisa, algunos hombres se niegan a desvanecerse.

Cuando Antípatro de Sidón completó su lista de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo, incluyó al Templo de Artemisa, no sólo por el tamaño y la grandeza con que fue construido, sino por su ubicación en Efeso, al borde del mundo griego, lo que permitió la admiración de los que no lo eran. Fue un homenaje a Artemisa, diosa de la caza y de la luna, pero también incorporó elementos de la adoración de otras deidades como Cibeles, una diosa de la tierra madre, con varios senos como simbología de la fertilidad. Estaba decorado con 127 columnas jónicas de 60 metros de alto y demoró 120 años en ser terminado.

El templo fue descubierto en 1869 cuando comenzaron las excavaciones y queda apenas un estandarte, una sola columna en pie, resistiéndose a morir. Todavía tiene un propósito sagrado que conserva la reminiscencia de su simbología: Cada año, regresa una pareja de cigüeñas para anidar ahí. Quizá es un homenaje a su esencia, la fertilidad.

Al igual que la última columna del templo de Artemisa, algunos hombres se niegan a desvanecerse, pueden estar maltrechos por el tiempo y los rigores del cuerpo, sin embargo, resisten. Tienen algo que realizar. Ese fin les da sentido a su existencia y por eso, tal vez, continúan vivos.

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Por Claudio Penso | Especialistas en Impulsar Procesos de Cambio y Crecimiento