La Buenos Aires de Borges

Jorge Luis Borges era un enamorado de Buenos Aires, al igual que muchos escritores argentinos que la habitaron, la escribieron, la extrañaron y la soñaron.

“Esta ciudad que yo creí mi pasado es mi porvenir, mi presente; los años que he vivido en Europa son ilusorios, yo estaba siempre (y estaré) en Buenos Aires”, confesaba Jorge Luis Borges sobre su amor a una ciudad que desafiaba el tiempo, el espacio y una absurda distancia que sólo se mide con kilómetros, como si la presencia o la ausencia dependieran de los límites geográficos.

Buenos Aires, el lugar en el mundo de la vehemencia casi por cualquier cosa, de los besos y los abrazos en cada esquina, de egos malheridos y almas urgentes que buscan excusas para tomar “un cortado” en un bar del centro. Ni los gobiernos de turno, la fuerza de la historia, las tendencias globales o la más frenética de las revoluciones tecnológicas le extirparon a la capital de la cruz del sur, sus huellas culturales y aquellas calles porteñas que Borges definía como su “entraña”, un lugar en dónde los calendarios se alejan y los parámetros del alma ejercen su magia.

Jorge Luis Borges era un enamorado de Buenos Aires, al igual que muchos escritores argentinos que la habitaron, la escribieron, la extrañaron y la soñaron. La ciudad fue su hogar e inspiración y hasta sus últimos días volvió a recordarla y evocarla como un lugar en dónde el azar podía desafiar cualquier convención construida por los hombres.

El autor de El Aleph le encontró el alma a la ciudad y a partir de esta misma búsqueda supo encontrarse a si mismo: “Aquí el incierto ayer y el hoy distinto me han deparado los comunes casos de toda suerte humana; aquí mis pasos urden su incalculable laberinto. Aquí mi sombra en la no menos vana sombra final se perderá, ligera. No nos une el amor sino el espanto; será por eso que la quiero tanto”. Esta poesía llamada “Buenos Aires”, pertenece a su libro “El Otro”, publicado en 1964, y refleja con exactitud el sentir de los porteños por su ciudad, la eterna contradicción de adorarla y rechazarla al mismo tiempo pero sin nunca perder la sensación que Buenos Aires es su espejo. La imagen que nos devuelve puede ser adorable o insoportable, pero es la nuestra.

Jorge Luis Borges fue quizá el escritor argentino más prolífico en dedicarle obras, poemas y ensayos a Buenos Aires. A partir de su residencia en Europa, el autor imaginó que su ciudad volvía a nacer. Su poema “Fundación mítica de Buenos Aries” crea un nuevo nacimiento para la identidad porteña que encuentra su lugar de origen en la esquina de su casa natal, en Serrano y Guatemala, en el barrio de Palermo.

Su lazo con el sitio que lo vio nacer era atemporal, trascendente y desafiante a las convenciones del tiempo y el espacio. Sobre el final de su poesía explicita su eterna unión a la ciudad: “A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: La juzgo tan eterna como el agua y el aire“. Las huellas porteñas estaban en su cuerpo, en su alma y en su pluma que también evocó a personajes típicos de una Buenos Aires que supo ser compadrita y arravalera.

Dedicó una de sus obras al poeta argentino Evaristo Carriego. Su figura fue protagonista de un relato que exhibe a una Buenos Aires signada por los suburbios de arraval del barrio de Palermo. En sus patios, caserones, fondas y burdeles; los compadritos, jinetes y guapos se jugaban la vida en cada disputa. Borges supo combinar su exquisita prosa literaria con elementos de la poesía propia del tango para contar la historia de la identidad porteña.

“Las calles de Buenos Aires ya son mi entraña. Son para el solitario una promesa porque millares de almas singulares las pueblan, únicas ante Dios y en el tiempo y sin duda preciosas“, definía Borges a la ciudad que vivió, conoció e imaginó.

Fue un autor que le rindió un permanente homenaje a una Buenos Aires que a pesar de sus penas y olvidos y sus amores y sus espantos, todavía hoy mantiene la ilusión de creer que en sus calles lo inesperado puede suceder.

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Redacción