Deportes
Djokovic, el niño prodigio que aprendió a jugar al tenis antes que a leer y escribir
El serbio que creció alimentado por pizzas y entre montañas, logró sobreponerse a la guerra de su país, siempre sostenido por un sueño: llegar a ser número 1; hoy disfruta y agiganta su figura


[ 30/1/2012 ]

Fuente: www.canchallena.com | Por Ariel Ruya / Enviado especial

MELBOURNE.- Este hombre sobrenatural es la consecuencia de un niño prodigio. Un sujeto que derriba mitos, leyendas y montañas con la potencia de su mano derecha es el resultado de un pequeño maravilla. Es como un monumento: grandioso, sublime, que traspasa la línea del tiempo. Novak Djokovic no es solamente el número 1, el rey del planeta tenis, el ganador de tres Grand Slam en serie, el creador de un nombre legendario, entrometido, mezclado entre la gloria de Rafael Nadal y Roger Federer.

En la era infinita del Gran Nole, es preciso viajar en el tiempo. Recordar qué pensaba ese niño que vivía entre montañas, alimentado por las pizzas familiares y sus sueños de raqueta desde los cuatro años. No es un milagro Djokovic: es el desenlace de lo que supo ser de infante. 'Primero aprendí a jugar al tenis. y después, a leer y a escribir', contó, alguna vez, cuando todavía no se imaginaba que iba a construir una fábula. Un cuento que lo tuvo todo: guerras entre hermanos, desamparo en tierras lejanas, crisis de identidad, problemas de salud, confusiones existenciales. Una historia que empezó en esos años, en los que un drive era más fácil de deletrear que alguna sencilla palabra del diccionario. Como amor, como paz. Como gloria.

'El tenis es mi obligación. Porque quiero ser el número 1', contaba, el irreverente aquel. Cuando su idioma era sólo el serbio y su debilidad, la volea. Hoy habla inglés, francés, italiano y hasta algunas palabras de español. Hoy domina un drive delicioso, un revés a dos manos que, cuando es cruzado, es de excelencia. Domina el mundo. No sólo este maravilloso deporte: habrá que espiar qué otro deportista del más alto rendimiento se codea a su altura. Indagar, investigar. Con datos en la mano: en el fútbol, en el básquetbol, en el atletismo, en el golf. Cuántos Djokovic hay dando vueltas por ahí. Tal vez, uno o dos. Acaso, ninguno iguale su grandeza.

Hay que descubrir, otra vez, al pequeño gran niño aquel para entender el genio de hoy. A la mañana iba a la escuela. A la tarde, ensayaba el smash. A la noche, primero, debía hacer las tareas del colegio. Y más tarde, apenas unos minutos para jugar, para divertirse, antes de marcharse a la cama y vuelta a empezar. Fue en esos instantes, entre pelotas y sueños de Diego Maradona, que construyó al bromista más irreverente que, con el tiempo, le cedió protagonismo a este hombre fuera de serie. Capaz de ganarle al mismísimo huracán. Vencer al tiempo.

Su obra maestra no se acaba: promete continuar. Es un libro exitoso, ganador, sin final aparente. 'Roger y Nadal me hicieron mejor tenista. Si hoy soy el número 1, si hoy gano lo que gano, es exclusivamente por ellos. Me enseñaron el camino', sintetiza. Humilde en las palabras y soberbio en la acción. Es un vendaval insaciable: Wimbledon y el número uno. El US Open. Y ahora, el Australian Open, por segundo año consecutivo. Su grandeza puede agigantarse, claro que puede: todo lo ha logrado frente a Rafa Nadal, el gladiador incansable, el competidor empedernido. Siete finales seguidas desmoralizan a cualquiera. Pero el mallorquín no se desanima: ya debe estar planificando el enésimo desquite. Alguna vez se le va a dar.

Es una gacela en el estadio Rod Laver: se mueve con sus piernas hábiles y veloces a una velocidad que no se alcanza a percibir. Derechas cruzadas, reveses paralelos, algún slice exquisito y un servicio a la altura de la causa. Su lugar en el mundo es a treinta centímetros de la última línea; sin embargo, cuando avanza, es un hambriento en busca de su pan. Que nunca es duro: huele a recién horneado, listo para saborearlo. Nole hace el milagro: le gana al tiempo. Empieza su obra maestra un domingo, la acaba el lunes, cuando se arroja al piso, cuando se arranca la remera, cuando hace el gesto incomparable del Increíble Hulk. Es que Djokovic no es un ser humano convencional. Es una bestia salvaje bañada en gloria. La consecuencia exacta de aquel niño prodigio que quería ser un número 1. No sólo lo es: hoy parece que domina el mundo entero.

Fuente: www.canchallena.com




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