[ 16/12/2011 ]
Por Lucrecia Bullrich | LA NACION
Jueves 15 de diciembre de 2011 | 22:23
Foto: Sebastián Domenech
Una vez más, una semana de extremos. Desde que asumió su segundo mandato, Cristina Kirchner vivió la dulce embriaguez del control total y la zozobra de un nuevo ataque de Hugo Moyano, inédito en intensidad y, por eso, aún difícilmente mensurable en sus consecuencias últimas.
El kirchnerismo no perdió un solo día para reestrenar la mayoría parlamentaria. A la vez apremiado por el calendario y envalentonado por el aluvión de octubre, volvió a sentirse a sus anchas en el Congreso. Lo hizo, como sí la supremacía numérica no fuera suficiente, ante una oposición entre autista, diezmada e inerte. Retomó el control de las comisiones clave, tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado, y avanzó ya con parte de las leyes que Cristina pidió el sábado ante la Asamblea Legislativa. Y todo con Julio Cobos bien lejos de cualquier cosa que empiece con K.
Del enjambre en el que (siempre) se convierte el fin de año en el Congreso conviene detenerse en el presupuesto 2012, uno de los proyectos que el Poder Ejecutivo espera poder poner debajo del árbol de Navidad. La ley de leyes vuelve a ser prueba palpable de la arbitrariedad con la que el Gobierno seguirá manejando la economía (y su registro de la realidad) a lo largo del año próximo.
En un año que se avizora económicamente más complejo que el que termina, que el Gobierno insista con un presupuesto mentiroso (y un debate pantomima) se vuelve tan paradojal como perversamente lógico. La subestimación de la recaudación y la consecuente generación de excedentes para distribuirlos sin control del Congreso ha sido perfectamente funcional a la lógica del poder kirchnerista. No tendría por qué dejar de serlo de cara a un 2012 en el que la quita de subsidios, la inflación, las grietas de la caja y el posible impacto de la crisis global vía Brasil, por mencionar sólo algunos desafíos, marcarán el pulso económico. Claro que el costo en términos de transparencia en el manejo del dinero público y de credibilidad, tanto hacia adentro como hacia afuera, sigue siendo demasiado alto.
Algo similar ocurre con la inflación, aunque los motivos por los que la Casa Rosada insiste con una previsión irrisoria puedan no aparecer tan claros. Que los precios aumentan mucho más que lo que calcula el presupuesto es tan obvio para cualquier consumidor como para cualquier sindicalista que en poco tiempo más volverá a sentarse en paritarias.
Sincerar la inflación implica estar dispuesto a hacerse cargo de los costos de haberla dibujado durante más de cuatro años. Que la Presidenta la haya incluido en el aún difuso universo de la 'sintonía fina es un avance: la saca del pantano negador en la que el Gobierno la sumergió en 2006 y eso es un avance.
En cambio, que Guillermo Moreno siga en pie como mandamás de los precios y que, junto a su alter ego Beatriz Paglieri controle el comercio interior y exterior 'por una única ventana', como sugestivamente graficó la eficaz interventora del Indec y representante del Estado en Papel Prensa (tan todo terreno como su amigo 'el napia'), no sorprende, sino que más bien formaliza una situación que hace meses se daba de facto.
Pero habla. Y mucho. Dice, por lo pronto, que los servicios de Moreno son altamente valorados por la Presidenta y que sus métodos seguirán vigentes. Difícil pensar que el combate de la inflación pueda darse en serio. Si algo no le interesa a Moreno (y los escombros del Indec lo atestiguan) es la sintonía fina.
Frente al paraíso del control, la patada de Moyano al corazón del tablero. Las fichas, desorientadas, volando por el aire. Y la incertidumbre. El camionero cruzó ayer a Cristina Kirchner con una dureza que nunca antes había mostrado en público. Lo esquemático de su discurso fue proporcional a la fiereza de sus golpes.
Con y sin eufemismos, le enrostró la ingratitud después de años de apoyo irrestricto y en 'las peores', la culpó de haber convertido al PJ en una cáscara vacía y le recordó que con Perón nadie se mete (gratis). Pero, sobre todo, le dejó claro que no piensa retroceder en ninguno de sus reclamos: ni con la deuda con las obras sociales, ni con el mínimo no imponible de ganancias, ni con la distribución de dividendos entre trabajadores ni con la ya célebre inflación del changuito al momento de negociar salarios.
La duda vuelve a asomar, como cada vez que de un lado y del otro se tira de la cuerda. Ayer (una vez más) la soga de la que cinchan el Gobierno y Moyano parece haber quedado pendiendo de un hilo. ¿Parece?
Sólo el tiempo dirá si el de esta semana es un tironeo más, aunque, en un primer análisis, no lo parece. Como sea. Demasiado para menos de siete días..
Link: http://www.lanacion.com.ar/1433062-entre-el-control-total-y-el-huracan-hugo
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