[ 31/3/2012 ]
Sábado 31 de marzo de 2012 | Publicado en edición impresa
Por Silvia Pisani | LA NACION
WASHINGTON.- Hace cinco días la Argentina fue sancionada comercialmente por los Estados Unidos. Ayer, el eco contra su comercio exterior fue planetario: países desarrollados y emergentes, por igual, le recordaron que tiene que cumplir las obligaciones que firma.
Es un hecho excepcional. Nadie encontraba ayer aquí antecedente de un reclamo de semejante amplitud y coincidencia montado en tan poco tiempo. Tampoco nadie recordaba un documento que entrara en el detalle de corroborar presiones telefónicas por parte de funcionarios a quienes intentan negociar.
En pocos meses, el cansancio se aceleró al extremo de que hoy difícilmente la Argentina pueda asistir a grandes escenarios internacionales sin que se le observe que no cumple los compromisos de conducta internacional a los que se ha comprometido.
No puede hacerlo en el Fondo Monetario Internacional (FMI), donde su rechazo a mostrar estadísticas y datos económicos será evaluado en pocos meses.Desde ayer, difícilmente pueda hacerlo con comodidad ante el G-20, la cumbre elegida por el Gobierno para exponer sobre grandes cuestiones internacionales.
La mitad de los miembros de ese selecto club le dijeron ayer al gobierno de Cristina Kirchner que ya es la segunda obligación que no cumple.
'Las restricciones [al comercio exterior] que aplica la Argentina son incompatibles, especialmente, con su condición de miembro del G-20, cuyos integrantes se comprometieron a no aplicar nuevas barreras al comercio y a la inversión', dice el documento conocido ayer, después de la reunión en Ginebra.
Eso se suma al reclamo para que, también como miembro del G-20, acepte la revisión de sus cifras oficiales de economía por parte del FMI, algo a lo que se comprometieron -y aceptaron- el resto de los miembros.
MÁS PRESIÓN
En esta ciudad no cabe duda de que, en los últimos meses, se viene acelerando la presión sobre la Argentina para que respete las normas del juego internacional, algo a lo que el gobierno de Barack Obama le ha prestado oído.Su secretaria de Estado, Hillary Clinton, se comprometió personalmente a poner toda la fuerza de su cartera detrás de 'la defensa del comercio libre y de las reglas claras'. No se cansa de repetirlo: el comercio es una de las formas de la política y de la diplomacia.
En febrero pasado, empresarios norteamericanos con intereses en la Argentina hicieron llegar a la Casa Blanca una queja incendiaria sobre las prácticas comerciales de la Argentina. El poderoso secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, era el único funcionario al que se identificaba con nombre y apellido, en un documento en el que se asimilaban la necesidad de observar las prácticas desarrolladas por la Argentina con desconfianza similar a la que aquí se pone en el comercio con China.
También se hablaba del llamativo estado de 'temor 'de empresarios y hombres de negocios a levantar la voz sobre lo que sucedía, por miedo a que eso generara 'restricciones aun peores' por parte de las autoridades.Aquella nota llegó, entre otros, a Michael Froman, el consejero económico de Obama que maneja, precisamente, los asuntos con el G-20.
Hubo gestiones diplomáticas para intentar encauzar las dificultades. Aquí se asegura que funcionarios argentinos estaban al tanto de la inquietud y de las dificultades que acarreaba. No se pudo llegar a buen puerto.'Puedo asegurarles que son escuchados cuando nos dicen que hay trabas comerciales en la Argentina', dijo a industriales norteamericanos el subsecretario de Comercio del gobierno demócrata, Francisco Sánchez.
Fue hace una semana. Para entonces, el desenlace de ayer ya estaba en marcha, y el Gobierno no podía ignorarlo.
LA NACION